domingo, 22 de marzo de 2009

La ayuda de un cobarde

Lo que contare ahora es verdad.
Ella habia pedido mi ayuda, no habia visto tan desolacion y tanta necesidad en un pedido nunca, y aunque en ese momento la odiaba, la odiaba y era una desconocida para mi. Aun asi consenti en ayudarla y acepte la tarea que me encomendo.
Volvi de la farmacia con el recado cumplido.

La mire y pense que fantasma seras de lo que has sido para que tengas que recurrir esta noche a mi ayuda. Su mirada era un cristal acuoso y su voz temblaba de ansiedad.
Sus ojos me miraron vencidos y tuve piedad. La ayude.

La lleve lejos donde las miradas ajenas no la importunaran en este trance. Ella me pidio que le consiguiera un poco de agua. bebi un poco y le di una botella que llevaba, nos sentamos debajo de un arbol en el parque que a esas horas estaba desierto a no ser por unos abuelos que paseaban a su perros.

Fina y fria la canula de acero. En su punta una pequeña una gota brillo. La goma mordia ya sus escasas carnes, su ojos brillaron extrañamente. Rapidamente, automaticamente y freneticamente sus dedos buscaron su venas bajo su piel. El acero lacero su carne una y otra vez y en ningun intento alcanzo a la vena.
¡Ella grito! Un grito de suplica.

Su grito de dolor me vacio el alma.
Entre lagrimas pedia a Dios que le dejara encontrar una vena donde inyectarse.
Me levante del suelo mientras ella me miraba. Su mirada era igual a la de un animal que moribundo acepta ser sacrificado.

No pude.
Me fui.