lunes, 3 de agosto de 2009

De lo que me pasa cuando corro.

Llovizna y el mar esta encrespado, la lluvia es agradable. He salido a correr, cosa que debería hacer mas seguido, me digo. En la arena mojada dejo marcada un testigo de mi ser y estar en un momento, o como diría alguien con menos pretensiones, mi huella.

Una niña juega con mis huellas y hace coincidir sus pequeños pies en mi talla cuarenta y uno. La miro y me
sonríe mientras agita su mano mientras yo decido volver alejarme. Delante de mi hay huellas otra persona que corrió o paseo antes que yo, yo también juego con su huellas.

Esta ciudad en la que vivo es mezcla de huerta y mar. La playa quedo
atrás, mis pies ahora se hunden en una tierra arcillosa y dura, ablandada solo por la lluvia, aquí hay huellas, otras huellas; maquinaria agraria, caballos, bicicletas. Delante de ellas hombres viejos que trabajan sin prisas ya que ellos conocen el ritmo de la tierra. Huellas que dicen de quien son y que hacen.

Esta ciudad en la que vivo es lucha entre ciudad y huerta.
Sigo corriendo de vuelta a casa. Las
zapatillas pesadas por la arena de su interior y arcilla que tiene pegada por fuera cuentan de donde vengo.

Es en el comienzo de la ciudad donde mi huella es mal recibida y termina
perdiéndose.

En la ciudad, la lluvia ya no me parece
agradable y la brisa se ha convertido en frió, mi zapatillas mojadas y embarradas se les antoja inadecuadas a las personas que pasan a mi lado.

Pronto pierden el barro y mi huella queda diluida, ya no soy una niña que juega a seguir las huellas de otro ni el abuelo que conoce los secretos de la tierra generosa.
Miro atrás y no hay huellas, nada queda de lo que hice.

Parece ser que la ciudad no quisiera saber de mi ser y estar en un momento determinado. De juegos de niños, de trabajo de hombres.